Hola, amigo. Somos Vicente y Tomasa,

dueños de la Nave de Cuadros y nos

parecía mal comenzar esta historia sin

presentarnos,así que:

¡encantados, mucho gusto!.

 

Seguro que más de una pregunta acude a tu atormentada mente a la hora de decidirte por un alojamiento de turismo rural u otro, y el problema es que el grupo que está organizando el viaje te ha encargado precisamente a ti que busques por Internet una casa que sea coqueta, cómoda y que esté situada en un paraje de ensueño, para ir a pasar unos días. Claro, tú quieres dar con la mejor, dejarlos alucinados y pavonearte ante ellos sacando pecho con los dedos pulgares enganchados en los tirantes, y dejar claro que en lo sucesivo deberán considerarte como el/la genio de los ordenadores, la fiera de la selección y la persona imprescindible para que pueda llegar a buen puerto cualquier propuesta de reunión, fiesta, vacaciones, o simplemente pasar unos días buenos con los colegas, amigos o familiares.

La cuestión es: hay miles de casas, pero ¿todo lo que hay en el campo y en los pueblos es una “casa rural”?, ¿en qué se diferencian unas de otras?, ¿cuál será la mejor?. Comprendemos que es una decisión muy difícil para ti, y la responsabilidad que cae sobre tus hombros es tan grande que te aplasta y te clava en el sillón en el que te pasas las horas delante de la pantalla, visitando páginas y páginas en busca de la mejor opción.

Tenemos absoluta confianza en nuestra casa y sabemos que si vienes, no te va a defraudar, y puedes tener por seguro que “nos creemos” todo lo que hemos escrito en estas páginas, es decir, estamos absolutamente convencidos de que te va a gustar, porque no hemos escatimado esfuerzos para que tu estancia en ella sea grata y placentera. En muchas casas encontrarás más o menos una capacidad, una distribución, un estilo, una ubicación, etc., parecidas, pero hay algo que es absolutamente único e irrepetible y ese algo es el ALMA de la casa, que es la suma de circunstancias de todo tipo que hacen que no pueda haber dos casas iguales, porque siempre hay detalles materiales que las diferencian, porque todas tienen una historia distinta, porque los pasos seguidos hasta que se ha puesto a tu disposición son diferentes, porque las personas que lo han hecho posible no son iguales, porque los pequeños detalles son los que marcan las grandes diferencias, porque aquí no creemos en la masificación de los grandes hoteles y agencias de viajes, porque nos gusta el trato personal y cercano y la afectividad, etc.

Aquí te vamos a dejar al aire el ALMA de nuestra casa y te vamos a contar el proyecto “La Nave de Cuadros”, para que puedas tomar tu decisión final de venir o no, y de camino, para que cuando intentes explicársela a los amigos o familiares que te van a acompañar en esos días de descanso, tengas todos los argumentos del mundo para convencerlos del por qué de tu decisión.

Como ya te decía, el ALMA de una casa comienza siempre mucho tiempo antes, incluso, de haberse construido. Y en este punto no quisiera aburrirte, pero me resulta imposible hablar del proyecto “La Nave de Cuadros” sin antes hacer una breve alusión a mi abuelo Vicente, así que permíteme, querido lector, que haga un mínimo de historia para que puedas conocer algunos de los secretos de nuestra casa.

Realmente, los orígenes de mi entrañable abuelo materno se encuentran fuera de nuestro pueblo, pues su madre, Alejandra, procedía de Jadraque, un pueblo de Guadalajara, y llegó hasta Bedmar por cuestiones de trabajo. Al mismo tiempo, Francisco, el que con el tiempo sería su marido y padre de mi abuelo, también vino a trabajar a nuestro pueblo, desde Jimena, (un pueblo a 7 kms. del nuestro) de donde era originario. Coincidieron los dos mozos trabajando en una gran finca del pueblo llamada “El Barranquillo”, se ve que se gustaron y acabó la relación en nupcias, fruto de las cuales nacieron 4 hijos, uno de los cuales era Vicente Ruiz Sardina, mi abuelo, que desde pequeño hizo de niño de los recados en la citada finca, y todos los días iba a la cercana localidad de Jódar a por el periódico y a recoger y entregar la correspondencia diaria de los amos.

Por parte de mi abuela Mariana, contar en pocas palabras que su padre fue a luchar a la guerra de Cuba y no se supo más de él. Simplemente no volvió, así que esperamos que cualquier día de estos nos llegue un atento escrito de algún abogado cubano en el que se nos informe amablemente de que somos herederos de una plantación de café, caña de azúcar, destilería de ron o cualquier otro producto tropical.

 

  Aquí os enseño unas fotos del abuelo

Vicente y de la abuela Mariana. Las

imágenes están un poco ajadas,

porque como podrás imaginar, son

muy, muy antiguas, pero tampoco

están demasiado mal.

 

El abuelo Vicente resultó ser muy despierto, y trabajó como maestro en dos molinos distintos de aceituna y también como maestro albañil, teniendo a su cargo varios oficiales que le “amasaban” el yeso. En 1925, y gracias a su trabajo y el de su mujer, compró la huerta de Cuadros a la Sra. Antonia, dueña del “Barranquillo” por un precio de 2000 pesetas de las del momento, lo que traducido a Euros … no quiero ni pensarlo (todavía no había surgido el problema inmobiliario). Por aquellos tiempos no existía ni siquiera carretera que condujera a la Ermita de Cuadros, que por entonces no era más que un camino para bestias, estrecho y mal acondicionado y fue en 1936 cuando se construyó la actual carretera, que discurre pegando con la finca, por su parte superior.

En la huerta y con sus propias manos construyó un pequeño cortijo, básicamente una habitación de unos 10 mts. cuadrados, con tejado “a un agua”, al que poder irse huyendo de las calores estivales, buscando el frescor del río. En ella además se producía todo tipo de frutas y hortalizas, pues a pesar de ser un terreno muy quebrado y formado por abruptos bancales, con los muchos esfuerzos y el abundante agua que riega la zona, la feraz huerta daba abundante manutención para todo el año, sin contar con que al mismo tiempo, se criaban en ella varios cerdos, cabras, gallinas y todo tipo de animales caseros que proporcionaban carne, leche, huevos y demás productos aprovechables. Aún así, la mayor parte de la finca era usada para la siembra de chopos y álamos de los que luego se aprovechaba su madera, en forma de vigas, que era muy preciada para la construcción, a falta de otro tipo de materiales como las actuales vigas de cemento, hierro, etc.

La familia fue creciendo poco a poco y eran ya 5 hijos (3 varones y 2 hembras) los que la alegraban, por lo que el cortijo se quedó un poco pequeño y decidieron ampliarlo en otra habitación, de más o menos el mismo tamaño y de esta manera ya disponían de dos, lo que no era mucho, pero era un desahogo importante. Esto sería en el año 1946, desgraciadamente conocido como el “año del hambre”.

Mi madre Mariana y mi padre Ramón,

cuando aún estaban solteros,

hace de ello unos "poquitos" años

A la muerte de mis abuelos, la huerta se dividió en dos partes, tocando una a mi tío Francisco y la otra a mi madre, Mariana, que a su vez se dividió entre sus cuatro hijos … y aquí es donde entramos nosotros en escena, pues uno de esos hijos soy yo, Vicente.

En el año 2000, Tomasa y yo, comenzamos a pensar en construir un pequeño cortijo, como por aquí se le llama, en el lugar que ocupaba una corral de tapial que habían construido entre mi abuelo y sus hijos para los animales, próximo al cortijillo antes mencionado donde ellos vivían. Ya teníamos 3 niños y necesitábamos un sitio en el que poder pasar los rigores del largo y caluroso verano de Jaén. Antes habíamos tenido una pequeña parcela en la capital, donde vivimos, en la que habíamos construido un cortijo pequeño o navecilla y una hermosa piscina que daba mucho trabajo, pero no llegábamos a acostumbrarnos totalmente a un terreno en el que no teníamos vivencias, ni recuerdos, ni oíamos el agua del río, ni tenía altos álamos ni frondosas higueras como las de nuestra huerta en Cuadros. Así que optamos por vender la parcelita e irnos al pueblo en busca de nuestros orígenes, allí donde moraban nuestros recuerdos, y nuestros antepasados nos alentaban a no abandonar y a dar vida a la huerta que tanto esfuerzo había costado a los abuelos, que habían levantado con infinita ilusión, que los había mantenido en los duros años de las posguerra, y en la que tantos buenos ratos habíamos pasado cuando de niños íbamos allí a pasar las cálidas noches de verano, jugando entre todos los primos a hacer la fábrica del chocolate (un juego que organizaba mi padre), alumbrándonos con candiles de aceite y lámparas de carburo, y bajando en horas nocturnas con manos temblorosas y pies inseguros, con el tito Manuel a buscar “minguillos” a la chopera, unos seres pequeños, peludos, y de forma no demasiado determinada, de los que jamás llegamos a ver ni siquiera uno. No se por qué, pero creo que nos tomaban el pelo.

Lo primero de todo fue conseguir los numerosos permisos que nos hacían falta para construir la casa, y así tuvimos que presentar el proyecto en el Ayuntamiento, en la Diputación Provincial (por lo de la carretera) y en la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (por lo del río), y después de muchísimos viajes, visitas, presentación de documentos, solicitudes y rogatorias, logramos todas las tan ansiadas autorizaciones y beneplácitos de todas las administraciones. Creo que necesitamos más permisos que si fuésemos a construir El Escorial.

Omito en esta breve historia la parte de la construcción de la obra, pues sería demasiado prolijo en algunos aspectos, en otros demasiado deprimente, y en general, como suele ocurrir con todas las obras, para volverse loco, al menos, en las que yo conozco.

Al final la casa quedó acabada en el año 2001 y como dice el libro del Génesis: “y vio Dios que era bueno”, quiero decir, vimos que no había quedado mal y que había salido casi mejor de lo que habíamos pensado en un principio. El tejado, a dos aguas sin más, pero muy pendiente y magistralmente rematado, era alabado por cuantos lo veían; el porche le parecía magnífico a todo el mundo, especialmente por los detalles decorativos de las vigas finas sin contar con la imponente presencia de la viga mayor; las rejas de las ventanas de tipo “carcelario” antiguo son de bellísima factura; el espacio, muy bien aprovechado, etc., etc. Todo esto nos decían nuestros invitados, y nosotros, naturalmente, acabamos por creérnoslo. Al fin y al cabo, era nuestra creación.

Como teníamos chicos los 3 niños, todo el tiempo que pillábamos era poco para irnos a nuestra nueva casita, que parecía de muñecas, y allí pasamos momentos muy felices, tanto en la época primaveral, en que nos complacíamos con los delicados cantos de los innumerables pájaros que rebosantes de hormonas, andan buscando pareja por los altos árboles cercanos, como en la época estival, en que disfrutábamos de una magnífica temperatura y de las visitas de nuestros amigos, como en la época otoñal e invernal, en las que los cielos plomizos y las lluvias nos arrejuntaban alrededor de la chimenea. A diferencia de la parcela que habíamos comprado en la capital, aquí por fin lográbamos reconciliarnos con la naturaleza y con nuestros recuerdos y nuestra memoria y la de nuestros mayores. Aquí la sombra es más fresca, el canto de la corriente del río acaricia nuestros oídos, la noche es mucho más negra, las libélulas del atardecer y los pececillos del río entretienen la vista e incluso el agua parece oler mejor.

Desgraciadamente, debido a cuestiones laborales, cada vez disponemos de menos tiempo para ir a disfrutar de nuestra casita, de forma que ¿por qué no ponerla a disposición de otras personas que gusten, al igual que nosotros, de los pequeños placeres que puede proporcionar una estancia en un lugar como este? Sí, pero no a cualquiera; sólo si son amigos, ¿vale? Una prenda tan delicada no se deja a cualquiera...

Bien, ya tenemos casa, pero ¿y qué nombre le ponemos?. Arduo dilema este, pues debe ser bonito evitando la ramplonería, y ocurrente sin entrar en la rimbombancia ni en la ostentación, y al final, después de muchas deliberaciones familiares, nos decidimos por “La Nave de Cuadros”. Impresionante, ¿verdad?. Para llegar a esta conclusión tuvimos en cuenta al menos tres cuestiones fundamentales, que a saber son:

Y así de esta manera, llegamos a dedicarla al turismo rural, pero como ya he dicho, la casa sólo la dejamos a los amigos. Por esto debemos considerar a las personas que vienen a visitarnos como amigos y hacemos todo lo que queda en nuestra mano para que se sientan como en su casa, y a juzgar por lo que luego nos comentan y por lo que muchísimos de ellos dejan escrito en el libro de firmas, lo conseguimos en la mayoría de los casos. Algunos de nuestros amigos nos envían crismas por navidad, otros nos llaman por teléfono para invitarnos a sus casas, otros repiten o nos envían a sus conocidos o sus hijos, otros nos mandan algunos presentes de tipo variado, etc. y nuestro corazón se hincha de satisfacción y damos por bueno todo nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. Es entonces cuando sentimos que hemos logrado nuestro objetivo, convirtiendo a nuestros clientes en nuestros amigos, lo que es, como ha quedado escrito, requisito imprescindible para que les dejemos nuestra casa para pasar unos días.

 

 

Nada ... lo dicho:

¡¡ Te esperamos!!